viernes, 11 de mayo de 2007

Capítulo V

Japon, 19 de Mayo de 1943 No puedo con el olor. Me esta matando lentamente. Carne quemada. el paisaje es desértico, ¿donde están esas imágenes que me había imaginado leyendo el Gengi monotagari? Este no es el lugar. Si pudiera elegir me metería un tiro ahora mismo, fin de la historia, fin de todo. ¿Para que estoy aquí? He visto muerte y destrucciòn. Cuando encontre el cuaderno rojo, no supe para que me serviría. Pero no me ha ido mal. Gracias a él aún mantengo el tipo. Puedo desahogarme. Puedo escribir. El dolor es intenso. Los miedos están ahí, probablemente por mucho tiempo. nadie puede saber lo que siento. Cuerpos inertes, hace algún tiempo riendo, caminando por estos mismos caminos hoy destruidos. Y su imagen. No puedo deshacerme de ella. Su cara, pálida, moribunda, la imagen misma del sufrimiento. Esto no va a salir bien, me dice en su idioma. No puedes ayudarme. No puedes ir conmigo al otro lado. Acompañame en el camino. Pero no podrás pasar. No al otro lado. Tú eres el responsable de esto, aunque sólo sea involuntariamente, aunque tu no lo desearas. No podrás con ello. Te perseguirá el resto de tu vida. Su voz. Sufre, está sufriendo sin duda. No lo entiendo, pero se lo que me quiere decir. Se que me está diciendo. Aunque no lo entiendo. Tan solo una palabra...esa es en mi idioma. Y luego otra...dos palabras, sin sentido. No implora piedad. Me hace responsable. Soy responsable. Sólo dos palabras en mi idioma, puedo entenderlas, no puedo comprenderlas. Sólo dos palabras...

Franz.
Julie. ...

... Oceano Atlántico, 23 de Junio de 1945 Mañana llegamos al puerto, mañana llegamos a casa. Quiero borrarlo todo. Salvo dos palabras: Franz. Julie.

Informe 3454w3.-234340. Diario del cabo de artillería Mike P. Atton.

lunes, 9 de abril de 2007

Capítulo IV. El barrio de los negros

Franz tomó un trago urgente de su botella de bourbon, y la dejó, dando un golpe en la mesa que casi la rompió. Tomó a Julie por el brazo y la llevó hasta la puerta, y salió hacia la vieja furgoneta de su padre. No estaba seguro de que arrancara, porque la última vez que la había utilizado fue para ir al puerto nuevo, a ver el barco de aquellos militares que volvían de las costas japonesas y hacían escala en Providence. El alcalde les había preparado una bienvenida, pese a tratarse de una escala puramente técnica, como héroes de guerra que acababan de machacar al enemigo nipón. Sin embargo, al girar la llave, el motor rugió como la última vez, de modo que Franz respiró algo más aliviado y puso rumbo hacia el barrio de los negros. Puso mucha atención a la conducción, porque aunque había estado en el barrio de los negros millones de veces, siempre iba andando, y no se perdía en esa multitud de calles cortadas y sentidos prohibidos. De vez en cuando se giraba para mirar a Julie, quien entonces le miraba también a él, en silencio, con unos ojos que le transportaban directamente a su niñez. Franz no se atrevía a decirle nada, nunca fue un tipo muy bueno con las palabras, por lo menos cuando estaba sobrio. Y esa tarde se podría decir que, de acuerdo a lo que acostumbraba, estaba más sobrio de lo habitual. Al cruzar el puente, Franz aparcó la furgoneta.

Nada más cruzar el puente Roger Williams, a la otra rivera del río Providence se encontraba el barrio de los negros. Parecía una pequeña ciudad dentro de Providence. De repente, las casas señoriales de madera pintadas de blanco desaparecían, para transformarse en un amontonamiento de viejas casuchas de madera y algunos edificios de tres y cuatro pisos, de piedra vetusta, todo en colores rojizos, marrones y ocres. La población pasaba de ser descendientes de los colonos baptistas a ser descendientes de los esclavos, con bisabuelos que habían vivido en las selvas africanas. También había una pequeña colonia de negros haitianos, que llegaron a principios de siglo, cuando al gobernador de Rhode Island le pareció mejor contratar mano de obra haitiana (salvajes, pero fuertes, según él) que no llenar la ciudad de esos irlandeses papistas.

“Vamos, tengo un amigo por aquí que nos ayudará” le dijo a Franz, sin poder evitar mostrar una versión temblorosa de su voz. Apresuradamente, recordó lo que le decía su madre de cómo había que tratar a las chicas, y corrió hacia la puerta del pasajero, para abrirla, aunque Julie ya la tenía medio abierta. Ella bajó, y Franz creyó distinguir una sonrisa en su rostro, mientras le daba las gracias. Franz conocía muy bien el barrio de los negros. Para disgusto de su padre, solía ir varias noches a la semana. Sabía que no era el sitio más seguro para un joven blanco descendiente de los colonos baptistas, y alguna vez había tenido algún problema. Pero en general solía pasarlo bien. Siempre había bares abiertos, toda la noche, y ron, y bourbon, y tipos que tocaban música, y las chicas negras eran mucho más divertidas y más fáciles que las estúpidas de sus vecinas, con quienes coincidía los domingos después de misa. Y había prostitutas que le decían “cariño, vente conmigo” y que no le pedían más que unos pocos dólares. Su propio padre había estado algunas veces por ahí, buscando compañía de pago. Una vez le vio, de casualidad, y después, la chica, a la que Franz le caía bien, le comentó que no era la primera vez que pasaba por ahí. De hecho, muchos de los respetables señores de Providence daban rienda suelta a sus más bajas pasiones en este pequeño submundo que parecía mentira que estuviera en la misma ciudad del Puritano Williams.
Franz se avergonzó un poco de llevar a Julie por esas calles que apestaban a borrachera y orines, y a sangre de gallina. Por fin, llegaron a una puerta de madera en un viejo edificio de dos plantas. Franz tomó de la mano a Julie, que se había quedado embobada mirando un mojo que colgaba de una pared, y la acercó a él y a la puerta, de un modo algo más brusco de lo que quería. Golpeó urgentemente la puerta, y de repente un personaje que a Julie le pareció algo estrafalario abrió.

- Vic, necesito que me ayudes - fue lo primero que Franz dijo.
- Franz, cariño, pasa… veo que hoy tienes una compañía especial.

Vic McCoy era un hombre que debía acercarse a la cuarentena, con una corta melena morena que llevaba recogida en una pequeña cola. A Julie le pareció que iba muy perfumado, y con un rostro de bebé, barbilampiño aunque también perfectamente afeitado.

- Vic, ella es Julie, una –dudó- una amiga.
- Hooola, Juuulie –lo dijo con un extraño acento, arrastrando las primeras vocales de las palabras- enchanté
- Vic, verás, es que a Julie –dudó otra vez, dándose cuenta de que todo había sido demasiado repentino, y no sabía qué explicar- a Julie la están persiguiendo.

Vic miró de pies a cabeza a Julie, sin mostrar expresión alguna en su rostro. Pausadamente, y con voz muy afectada, dijo:

- Ya veo…
- Vic, colega, puede quedarse aquí? Sólo será mientras todo esto pase…

El propio Franz, mientras hablaba, se daba cuenta de que en el fondo, no sabía quién era la muchacha que había llamado a su puerta, y a la que había llevado a casa de su estrafalario amigo.

- Franz, cariño, en el Black Cat Club están esperando que esta noche la sexy Vicky McCoy les deleite con sus canciones. Tengo que prepararme el vestido y el maquillaje, y salir ya mismo, o cuando llegue estarán todos los músicos demasiado borrachos.

Al pronunciar el nombre de “Vicky McCoy” Julie miró a Franz con los ojos como platos, pero Franz parecía tomárselo como algo muy normal. Todo debía ser normal en el barrio de los negros, pensó, donde lo mismo habían gallinas decapitadas en un charco de sangre en una esquina, que muñecos con agujas, olor de especias y sonido de música por todas partes. Y tipos de barba rala que decían ser una mujer en el escenario.

- Está bien, Franz, no me mires con ojos de cordero degollado. Que se quede. Pero vámonos, y de camino me explicáis qué diablos pasa. – Miró hacia Julie- Julie, nena… porque te llamas así, ¿no? … cóooomo te lo digo –volvía a arrastrar las vocales en un tono de lo más afectado – no pretenderás salir esta noche con ese vestiducho… anda, ven conmigo, que te daré algo que ponerte. – miró a Franz y dijo – ¡tranquilo, sea quien sea que la busca, no entrarán en el barrio de los negros! En seguida volvemos.



KAR

jueves, 5 de abril de 2007

Capítulo III

Franz miró a Julie de arriba abajo un par de veces, comprobando que nada había cambiado en la perfecta fisonomía de Julie, era exactamente esa imágen que quedó grabada en su memoria hace diez años. Los ojos de Franz reorrieron una vez más el rostro de Julie, era tan hermosa como la recordaba, o quizá más todavía. Quizá su piel relucía de manera distinta a como la había conocido, iluminándolo todo con su mirada sincera y su piel perfecta... Franz pensó que la apariencia de Julie había cobrado tintes 'etéreos'. Como si su presencia en el humbral de su puerta no fuese del todo real.
-Franz, ¿puedo pasar?
Franz como siempre, estaba borracho, y superado por los acontecimientos. La hizo pasar, le ofreció un trago de su petacaque ella rechazó, Franz vació el contenido de la petaca en el fondo de su garganta, allí donde no se pierde nada.

Julie estaba descalza y aún llevaba la bata blanca... Franz le ofreció una camisa mientras consiguiesen otra cosa. La casa de Franz era un completo desastre, y él se avergonzaba de que ella la viese en ese estado. A Julie no pareció importarle nada el desorden.
-Me están buscando, Franz...

Efectivamente, su desaparición no había pasado inadvertida en el Hogar Chessington, Miss Deliverance, la enfermera jefe había puesto el grito en el cielo cuando vió que sobraba una de las raciones de morfina... la policía estaba informada de la situación. Media ciudad estaba buscando a la joven que había escapado de manera inexplicable de la institución psiquiátrica.

Franz pensó en la situación, abrió otra botella de bourbon, miró a Julie y dió gracias a Dios por poder volver a estar junto a ella.
En el cielo, Dios murmuró para sí mismo: De nada.

Franz se dirigió a Julie con brío y dinamismo:
-No te preocupes Julie, esta vez no podrán conseguirlo, conozco a alguien que nos puede ayudar... y esta vez es de confianza!

jueves, 29 de marzo de 2007

Capítulo II. Julie "ojos tristes" Swanson

Julie Swanson o como la llamaban sus compañeros en el Hogar Chessington, “ojos tristes” Julie, era un criatura de apariencia frágil y de rasgos dulces que atesoraban una belleza casi hipnótica para cualquiera que cayese atrapado dentro de esa especie de halo místico que siempre parecía rodearla.
Nadie entendía muy bien cómo alguien como ella había dado con sus huesos en un lugar tan poco acogedor como era el Hogar Chessington, un sanatorio mental situado a las afueras de Providence. Pero al parecer, un todavía misterioso y traumático suceso acontecido durante su adolescencia desencadenó que la joven dejara de articular palabra, dejara de interesarse por el mundo real. Y tras la trágica muerte de sus padres, de causas aún por determinar, tuvo que ser internada en Chessington ya que no quedaba ningún miembro de su familia que pudiese hacerse cargo de ella. Esto inevitablemente hizo que la dulce muchacha se encerrase aún más en si misma, en esa realidad alternativa que sin duda era mucho menos amarga, menos cruda.
La vida de Julie Swanson trascurría como la vida de cualquier interno. Se levantaba, se duchaba, desayunaba, realizaba las tareas o talleres asignados, comía, acudía a la sala de ocio, paseaba por el jardín que rodeaba al complejo, cenaba, se acostaba a la hora y vuelta a empezar.
Lo que diferenciaba a “ojos tristes” Julie del resto de sus compañeros era que lo que en otros parecía locura o desequilibrio, en ella casi se percibía como un don, como algo especial… casi mágico.
Julie jamás hablaba, jamás se relacionaba con nadie pero parecía estar en casi total equilibrio y consonancia con todo lo que la rodeaba. Digo casi porque era obvio que había algo que le faltaba, esa melancólica mirada la delataba, esos pozos insondables de recuerdo, esos lagos de inmutable tristeza reflejaban un borroso dolor, desdibujado por el tiempo pero a todas luces palpable y tangible.
Ella tampoco recordaba porqué estaba ahí ¿acaso había estado alguna vez en alguna parte?, apenas tenía un vago recuerdo de su otra vida, de su niñez, de cuando era feliz ¿había sido alguna vez feliz? Simplemente, algún destello, alguna tenue luz que se filtraba entre la oscura maraña de sus pensamientos hacía que en aquellos acuosos y hermosísimos ojos azules se distinguiera una chispa de esperanza.
Últimamente, Julie “ojos tristes” Swanson, se notaba rara. Algo se agitaba en su interior, en su alma, un sentimiento cálido. Algo había hecho que su mente se desentumeciese y de repente sintiese un impulso irrefrenable de ir a ese lugar, un lugar que sólo conocía en sueños ¿había estado toda la vida soñando?, un lugar que la estaba atrayendo como a una polilla la luz del candil, un lugar al que, sentía, que siempre había pertenecido…
Julie, solía pasarse la mayor parte del día sentada en el césped del jardín que daba al ala norte del Hogar Cessington, escuchando una y otra vez la cadenciosa musiquilla que salía de su cajita de música, único objeto del mundo real que parecía interesarle, y que guardaba con celo desde que su desdichado destino la había traído hasta allí.
Así pasaba las horas, sin molestar a nadie, sin llamar la atención de nadie que no supiese qué o donde mirar, casi como un fantasma, etérea…paseando por las llanuras y valles de su inmaculada mente.
Por eso, aquel día nadie la echó en falta hasta bien entrada la noche, hasta que ya se encontraba muy, muy lejos de ahí y a la vez… tan cerca
Todavía no se explican cómo pudo ¿saltar? el enorme muro que rodea la institución o evadir la vigilancia de todo el perímetro, al igual ella tampoco encuentra explicación a cómo, de repente, se encontró en “ese” lugar frente a “esa” puerta.
Al llamar con los nudillos, aquella mañana del 28 de Febrero, alguien le abrió, y como si de un rayo se tratase, una sacudida hizo que uno de los velos que cubrían su memoria se desprendiese y por primera vez en casi diez largos años su garganta emitió un sonido, sus precioso labios moldearon una palabra, un nombre y sus ojos se llenaron de vida.
Dijo: Franz…

viernes, 23 de marzo de 2007

Capítulo 1. Franz y Julie

Desde que lo recuerda, Franz siempre conoció a Julie. No recuerda ningún día sin ella, ningún momento de su vida, al menos de los que merecen la pena ser recordados, en los que ella no estuviera allí. Es curioso cuando empezamos a recordar las cosas. Cuando comenzamos a ser conscientes de algo. Ninguno recuerda nada de su nacimiento, ni siquiera de sus primeros años de vida. Y de pronto, un día, a los cinco o seis años, algo queda grabado para siempre en tu memoria. Y cuando con el tiempo lo recuerdas, no sabes por que eso quedó grabado ahí. No sabes que lo motivó.

Todos los recuerdos de Franz, al menos todos los recuerdos que de forma repetida iban apareciendo día a día en su memoria tenían presente a Julie. No podía ser de otra forma. Habían estado muy unidos. Durante toda su infancia en ese idílico mundo que es la inocencia, Julie había estado allí. Había sido parte de su vida, parte de su iniciación. Así que era normal que, acabada la inocencia, comenzada ya la vertiginosa etapa de la adolescencia, una vez que Julie había desaparecido de su vida, ella apareciera siempre en sus recuerdos.

En cierto modo, Franz seguía pensando en ella, no de forma inconsciente mediante los recuerdos, sino de forma consciente. No sabía donde estaba. No sabía que había sido de ella. Pero quería saberlo. Quería que Julie volviera a aparecer en su vida, de una forma física, tangible, real, no solo como una imagen de un tiempo pasado que sin duda fue mejor. Tal vez por eso, por que lo deseaba tanto, comprendió que el destino, tal vez no fuera tan cruel...

Tal vez por eso, no le sorprendió que , después de 10 años sin saber nada de Julie, aquella mañana del 28 de febrero de 2007, Julie llamará a su puerta.